La cabecera es parte fundamental de una serie. No sólo porque nos ayuda a introducirnos en un nuevo mundo, a conocer a sus personajes y el escenario en el que todo se desarrolla, sino porque define la ficción en términos audiovisuales. Utilice o no un narrador, independientemente de su duración -las hay de más de dos minutos como de un sólo frame- o de la técnica que emplee, la cabecera es algo más que el color de la tapa del libro, más que el papel que envuelve el regalo. Es la forma en que la serie revela su esencia en imágenes: “soy una comedia, soy un misterio, soy una gran superproducción, soy una parodia de género”.

De ahí la importancia de cada elemento de la cabecera para determinar ante qué tipo de serie estamos, para aportar un contexto. Pero no siempre es así: algunas cabeceras no nos dicen nada sobre la serie y son un ejercicio de reflexión en sí mismo, o sólo aportan breves pistas. Lejos quedaron los tiempos en los que la secuencia de entrada era un resumen completo de todo un año en las vidas de los protagonistas, como en ‘Friends’, cuya presentación cambiaba al principio y a mitad de cada temporada para adaptarse a los cambios en las tramas y en el físico de los actores.

Del estilo abigarrado…

“Menos es más” es una máxima que funciona para muchas cosas en la vida: el maquillaje, las opiniones políticas en familia o la cantidad de peluches que admite la bandeja de atrás del coche. En el caso de las cabeceras, no es una verdad absoluta. Porque como comprobaréis en este repaso por la evolución de los openings en las series made in USA, las hay que consiguen estremecernos en seis segundos y las hay que necesitan de una auténtica obra de ingeniería digital para estar a la altura de la grandeza de la serie, como ocurre con ‘Juego de Tronos’.

Si echamos la vista atrás, hasta los 80 y esa primera revolución seriéfila, encontramos un denominador común pese a las diferencias en cuanto a género o temática que pueda haber entre series como ‘Canción triste de Hill Street’ o ‘Fallcon Crest’. Pero sus cabeceras persiguen un único fin: presentarnos a los personajes. Y para que los conozcamos bien, se sirven de imágenes reveladoras: es fácil adivinar que Joan Collins es la mala de ‘Dinastía’ y que Linda Evans es la buena. Pero también el leitmotiv de la serie: desde el inicio de su secuencia de apertura nos queda claro que la serie va de una familia poderosa que vive a todo tren y que podemos esperar un gran folletín con tal despliegue de personajes.

Otras, como ‘El Equipo A’ o ‘El Coche Fantástico’ no sólo nos cuentan de qué va en imágenes: literalmente, nos lo explican. Discursos que todos aprenderíamos de memoria. Al mismo tiempo, nos queda muy claro que estamos ante series de acción con un héroe (o héroes) que se enfrentan a toda clase de peligros.

“En 1972, cuatro de los mejores hombres del ejército americano que formaban un comando, fueron encarcelados por un delito que no habían cometido. No tardaron en fugarse de la prisión en la que se encontraban recluidos. Hoy, buscados todavía por el gobierno, sobreviven como soldados de fortuna. Si tiene usted algún problema y se los encuentra, quizás pueda contratarlos…”

Otra forma de contar es cantar: el rapero Will Smith nos contaba en la cabecera de ‘El Príncipe de Bel Air’ cómo “el destino cambió su movida y sin comerlo ni beberlo llegó a ser el chuleta de un barrio llamado Bel Air”. Así conocíamos el pasado de Will, por qué tuvo que abandonar Philadelphia e irse a vivir a casa de sus tíos ricos, el punto de inicio de la serie. Y todo ello a ritmo de Rap, con un grafismo que imita al graffiti y sin mostrarnos más personajes que al Fresh Prince en modo MC.

El caso de ‘Brooklyn Nine Nine’ y el acertado uso que hace de los elementos narrativos es de lo más revelador. Aún siendo una serie estrenada en 2014, como parodia del género policial que es, su cabecera recuerda a las series de los 70 con las que comparte temática como ‘Starsky y Hutch’. La música funky, el montaje, los efectos, el exceso de color y la presentación casi caricaturesca de los personajes en actitud sobreactuada es una declaración de intenciones: queremos que parezca una serie de policías pero que quede claro que nos reímos de nosotros mismos.

Las sitcom de los años 80 y 90 son probablemente el ejemplo más ilustrativo de cómo la cabecera hace a la serie: personajes sonrientes, escenas cómicas, la gran familia o la gran pandilla junta viviendo todo tipo de emociones y todo editado de manera que la cabecera de la serie ya resulte cómica per se, anticipándonos que es una serie pensada para la distensión.

… A la mínima expresión

Desde luego, lo que sí nos quedaba claro en las series de antes es quien es quien. El nombre del actor aparecía junto al personaje, algo que hoy en día es casi insólito. Ahora es más usual que sobre imágenes (que pueden ser fragmentos de la serie o algún tipo de abstracción visual) aparezcan nombres sobreimpresionados sin que lleguemos a veces a aprendernos a quienes corresponden. O no aparece ningún nombre en la cabecera, a excepción del título de la serie, y los créditos se ven una vez que ya ha empezado el capítulo (a veces casi molestando). En estas cabeceras minimalistas es donde cada detalle cobra más importancia que nunca: la melodía, el rotulismo, el ambiente que intenta transmitir.

Que la cabecera de ‘LOST’ sea un enigma en sí misma es un reflejo perfecto del tipo de serie al que nos encontramos. La ficción de ABC que, de alguna forma, dio origen al seriéfilo empedernido y al visionado maratoniano, presentaba más preguntas que respuestas, se alimentaba de símbolos (qué es Dharma, qué son los números, que es el humo negro) y representaciones abstractas. Inspirada en ‘The Twilight Zone’, como el propio creador de la serie y autor de la pieza (J.J. Abrams) reconoce, la aparición de unas grandes letras flotando sobre negro junto a ese sonido enigmático, sin aportar más información, transmite a la perfección la esencia de ‘LOST’: todo es un gran misterio. Y da miedo.

‘Hannibal’ ofrece una vuelta de tuerca más. Aunque prima el minimalismo, no hay imágenes de la serie y no aparecen los rostros de los personajes, intentan presentárnoslos, que veamos sin llegar a ver igual que casi nadie es capaz de ver quién es Hannibal Lecter en realidad. Pero en la cabecera ya se nos presenta como un rostro ensangrentado, algo a lo que temer. La melodía inquietante (un recurso del que se sirve muy bien en la serie, especialmente con la percusión), la fuerza del rojo sobre el blanco, las emociones que provoca este color o la visión de la sangre: todos los elementos de la cabecera confluyen para introducirnos en ese ambiente de angustia, de miedo, de violencia y de oscuridad que tiene la serie sin que necesitemos ver qué ha pasado para entenderlo.

Pasando por otras formas de narrativa visual

En ‘Orange is the New Black’ se juega aún más al despiste. La letra de “You’ve got time” de Regina Spektor cobra sentido (recuerda todas las caras/recuerda todas las voces) mientras rostros que no pertenecen al elenco de la serie (de hecho, son de mujeres que estuvieron de verdad en la cárcel) pasan rápidamente ante nosotros. Rostros muy diferentes entre ellos, que reflejan su historia en cicatrices, tatuajes, piercings y, sobre todo, en sus miradas. Porque en ‘OITNB’ todas tienen algo que contar (¿por qué están ahí?) y es lo que intenta reflejar su cabecera: es una serie de personajes. También nos introduce en el ambiente de prisión y en la sensación de privación de libertad a través de elementos sencillos: unas esposas, un traje naranja, una valla, horas de visita, restricciones para usar el teléfono.

En otras cabeceras, la música casi roba el protagonismo a la propia serie o es el complemento perfecto para completar la historia que nos cuentan las imágenes. El viaje en coche de Tony Soprano desde NY hasta Nueva Jersey mientras la letra de “Woke Up This Morning” (te levantaste esta mañana/tenías un arma/mamá siempre dijo que tú eras el elegido/dijo que tenías que arder para brillar) se funde con las imágenes de esos lugares comunes de la serie es un resumen narrativo perfecto de la vida del mafioso y de la cosmogonía de ‘Los Soprano’.

Un ejemplo más antiguo es el de ‘Aquellos Maravillosos Años’. La desgarradora voz de Joe Cocker hablando sobre el valor de la amistad es casi el primer recuerdo que nos viene a la mente cuando hablamos de esta serie. Su cabecera, además, es un ejemplo perfecto de búsqueda de una nueva forma de introducir los personajes. Los pequeños fragmentos de sus vidas se muestran como si fueran viejos vídeos domésticos que la familia ha grabado. Un retrato familiar dentro de otro retrato, el de la típica familia americana de los años 60.

Pero si hablamos de cabeceras musicales y de otras formas de narrar con imágenes, no podemos olvidarnos de ‘Twin Peaks’ y del regalo que le hizo (y nos hizo) Angelo Badalamenti con su banda sonora. Una inolvidable melodía, bonita, pero triste, suena mientras descubrimos el tranquilo pueblo de Twin Peaks: su naturaleza en estado puro, un paisaje que evoca tranquilidad y paz. Todo lo contrario que la serie como descubriríamos después. Pero ni rastro alguno de sus protagonistas. Porque el lugar -esa magia que desprende y los secretos que oculta- es el verdadero protagonista de la mítica serie de David Lynch y Mark Frost.


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